Consejos prácticos para inmolar sueños

Un texto dedicado a aquellos que tienen Miedo

Cuando terminé de estudiar en la universidad entré en una especie de depresión. Tenía un título en mano y mucho miedo. Mi espacio cómodo había desaparecido. La universidad ya no era mi lugar. No ocupaba ningún puesto allí. No era estudiante, no era ayudante de cátedra, no era nada. Tampoco tenía un empleo en el que refugiarme.


Consejos prácticos para inmolar sueños


Había logrado mi objetivo, que era recibirme y estaba más perdida que abuelita en concierto de heavy metal. No sabía qué hacer conmigo misma. Hoy, estoy en un estado similar. Terminé un viaje largo. Un sueño que había postergado toda la vida. Lo hice. Me subí al avión. Viaje… Y ahora… volví. Estoy de nuevo al inicio. Estoy dentro de la depresión post viaje. Pero no me gusta llamarla “depresión”, prefiero decir que es un estado de indecisión temporal que nos hace un poco miserables y que necesitamos transitar hasta que decidamos que hacer o hasta que se nos acomoden las ideas en la cabeza (que es lo mismo).

Una etapa con muchas conclusiones y una pregunta que vuelve a repetirse. ¿Podré viajar de nuevo? Esa es mi nueva pregunta, es mi nuevo miedo. ¿Seré capaz de salir al camino, de poder mantenerme, de poder cargar la mochila otra vez?

La duda se hace cada vez más grande y va ocupando lugar dentro de mi cabecita. No importa cuanta experiencia tengas, cuanto hayas viajado o cuantos caminos hayas transitados. Siempre va a existir un miedo. Siempre vas a sentir miedo. La pregunta es: ¿qué vas/voy a hacer con ese miedo?

Me recuerdo joven y diminuta, en un pupitre de la universidad. Éramos unos cincuenta alumnos y el profesor preguntó lo siguiente: ¿Los cambios son buenos? Nadie contestaba. Estábamos aterrados ante la idea de cometer un error. El profesor insistía, daba ejemplos de empresas y situaciones de negocios que muy pocos entendían. Una chica dijo que los cambios eran buenos. Él insistía, seguía preguntando. En ese momento yo pensaba que, más que buenos, los cambios eran necesarios. Pero no estaba segura porque eran necesarios y seguía pensando. El corazón comenzó a acelerar mi pulso y la voz se hizo luz. Y el profesor sonrió. Había acertado. Los cambios son necesarios. El miedo viene adherido a ese cambio. Sentimos terror a que las situaciones cambien y que lo que venga sea peor. O mejor. Los seres humanos no somos los seres más cuerdos de este planeta y muchas veces sentimos miedo a conseguir lo que queremos.


Consejos prácticos para inmolar sueños


Es normal (necesario) sentir miedo frente a estas decisiones. Porque estas decisiones significan un Gran Cambio en nuestras vidas. Saber que el éxito o el fracaso dependen de nosotros, muchas veces logra paralizarnos. Nos inmoviliza y decidimos quedarnos donde estamos. Decidimos no decidir. Nos conformarnos con lo que tenemos porque perseguir ese sueño tiene un costo muy elevado. Ese miedo nos detiene. El miedo a que los proyectos no salgan como los planeamos, el miedo a confirmar que no logramos llegar a ningún lado, el miedo a fallar, el miedo al fracaso. El miedo al Cambio.

¿Qué pasa si renuncio a mi trabajo, a mi casa, a mi familia y amigos y me va mal? ¿Qué pasa si abandono todo lo que supe conseguir por un sueño y resulta ser que eso no era lo que quería?

Comenzamos a hacernos esas preguntas, a plantearnos situaciones en las que nos vemos mal, en la que todo sale mal y la balanza comienza a inclinarse. Tenemos temor a perder todo. A comenzar de cero. Al fracaso inminente que se crea en nuestra cabeza. Y es ahí cuando realmente fracasamos. Porque dejamos que el miedo nos domine. Dejamos que nos detenga, que nos paralice.

El miedo, en cierta forma, es nuestra manera de saber hacia donde debemos ir. Porque eso que nos aterra tanto es lo único que nos moviliza por dentro, es lo único que nos completa y nos alimenta el alma. El miedo es el resultado de ser conscientes que estamos arriesgando mucho. Eso que arriesgamos es nuestro costo de oportunidad. Y ese costo representa el tipo de vida que tenemos. Nuestra casa, nuestro empleo, nuestra rutina, nuestro tiempo libre, nuestras relaciones con amigos, con nuestra familia, con la persona que tenemos al lado. Eso fue alguna vez nuestro sueño. Un sueño pasado que también nos costó conseguir. Luchamos por eso. Pero ya no nos completa. No es lo que queremos. Aun así decidimos que el miedo nos domine. No queremos perderlo todo. Y nos conformamos. Nos convencemos que no vale la pena. Que es mucho trabajo para nada. Que la satisfacción de viajar no va a ser suficiente. Nos mentimos. Pero en el fondo sabemos porque lo hacemos. Porque no tuvimos el coraje necesario para enfrentarnos. Y eso es el fracaso. No haberlo intentado. No haber actuado acorde a nuestros sentimientos, a nuestros deseos. El fracaso es haber elegido acallar nuestros sueños porque el costo de llevarlos a cabo era muy alto. El fracaso es haber elegido la comodidad. El fracaso es haber elegido pobremente, habiendo tenido la opción de elegir. 


Consejos prácticos para inmolar sueños


Nuestros sueños nos aterran porque la responsabilidad de llevarlos a cabo radica en nosotros mismos. Podemos tener amigos, personas que nos ayuden y nos apoyen. Aun así, el camino de aprendizaje lo transitamos solos. Nadie puede hacerlo por nosotros. Y cuando por fin decidimos dar el paso adelante para conseguir lo que tanto queremos, rezamos y nos encomendamos a un Dios que nos ayude, que nos dé una mano para que todo resulte según lo planificado. Le hacemos promesas al cielo para tener éxito y conseguir eso que tanto buscamos. Lo cierto es que, a veces, las cosas salen mal. Tomamos malas decisiones y nos equivocamos. Pero qué es el éxito si no es haber actuado acorde a nuestros sueños. Qué sentido tiene la vida si no hacemos lo que realmente queremos con ella. El éxito es haberse animado, es haberse arriesgado frente a todo el miedo que podamos sentir. Los resultados pueden ser buenos o malos. Pero quedarse con la incógnita de nunca haberlo intentado es el peor de todos los Fracasos.


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Escritora | Viajera | Licenciada en Administración. Actualmente me encuentro viajando por el mundo y decidí co-crear este espacio virtual para unir dos pasiones: Escribir y Viajar. Laura en Google+

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4 Comentarios

  1. Yo soy de los que creen que la palabra “Fracaso” y sus connotaciones no existe. El claro ejemplo es el de Edison que en una entrevista el periodista le pregunta: ¿Cómo hizo para seguir adelante después de haber fracasado 1000 veces cuando quería inventar la bombita eléctrica?” A lo que Edison le respondio: “Yo nunca fracasé. Solo aprendí y descubrí 1000 formas distintas de no crear una bombita eléctrica.”

  2. Facundo dice:

    Hola Lau, creo que los miedos son la alerta a que algo hay que cambiar. Yo asocio el miedo con la palabra “crisis”. Alguien me dijo una vez que la palabra crisis no era una palabra fea o terrible. Que “crisis” generaba cambio. Y el cambio viene acompañado de incertidumbre, ansiedad, expectativa y de curiosidad. Pero que el cambio muchas veces es bueno, no cambiar por el simple hecho de cambiar (a veces si aplica esta regla) pero cambiar por el hecho de que eso no nos hace feliz, o no nos llena en ese momento o no nos llenara en ninguno. El fracaso viene acompañado de miedo y de crisis, y mucha veces (a mi la mayoría) los veo como algo terrible, agrando algo… y cuando pasan unos días, una semana te vas dando cuenta que ese pequeño fracaso que trajo miedo se transformo en una nueva oportunidad. Un lugar donde antes había una pared, ahora hay una puerta.

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