Del caos de Bangkok a los templos del norte

Tailandia fue una sucesión de grandes ventanas. Un grupo de rectángulos de vidrio que fueron pasando frente a mi cabeza. Sentada en el bus veía como los puestos de comidas y chucherías se disponían en las veredas. Mujeres vendiendo frutas y verduras. Niños comiendo sopas de arroz. Monjes budistas eligiendo fundas para teléfonos celulares. La reina de Tailandia se cruzaba en mi campo visual enmarcada en dorado y en el medio de la calle para que todos pudieran verla. El ómnibus número once se detuvo en la estación de trenes de Bangkok. Chiang Mai y Chiang Rai nos estaban esperando.

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Chiang Mai

Una vez ubicada adentro del vagón del tren, abrí la ventana. El precio del boleto no incluía aire acondicionado, pero el viento hacía lo suyo. Me pegaba en la cara, mientras veía pasar las calles, las casas. Los puentes en construcción y los obreros que trabajaban bajo el sol del verano tailandés. El tren hacía paradas en algunas ciudades. Los pasajeros subían y bajaban sin demasiada interacción, más que la de la mirada. Entre medio de cada estación, el verde de los árboles iba apropiándose del paisaje y algunas colinas a lo lejos empezaban a mostrarse todavía tímidas.

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La luz se iba tornando de un color ocre. En la mochila llevábamos dos sanguches de atún que habíamos comprado en un bar, cerca del hostal en Bangkok. Mientras bajaba con agua tibia los restos de mi merienda, el atardecer me encontró frente a una estatua enorme de un Buda meditando. Descansaba sobre la cima de una sierra, en el mismo momento en que el sol se escondía detrás de su cabeza. No sabía bien en donde estaba. Tal vez no recordaba, o no quería hacerlo. El viento y la tierra que entraban por la ventana no me dejaban ver con claridad. Algunas lágrimas me limpiaron los ojos para que entrara la esencia. Esa que se encuentra buscando en los rincones aislados. La que se esconde detrás de las luces fluorescentes de la publicidad. La que no puede matar el turismo en masa, ni las grandes empresas. Volver a ese atardecer es todo lo que hago cada vez que recuerdo a Tailandia. No me detuve a preparar la cámara. En ese momento no la necesitaba. Tampoco la necesito ahora.

El viaje en tren a Chiang Mai me regaló una paz sin reflejos. Sin atractivo turístico de moda, sin baldes de plástico repletos de botellas de alcohol. Fue uno de esos rectángulos que me acercó a Tailandia.

Llegamos a Chiang Mai a las seis de la mañana, luego de catorce horas de viaje en tren desde Bangkok. Y nos dignamos a caminar en una ciudad dormida en busca de alojamiento. Las vidrieras que nos cruzábamos por el camino ofrecían visitas guiadas a zoológicos para conocer elefantes y tigres drogados. Los hostales, todavía cerrados, mostraban carteles de No Vacantes. Hasta que dimos con uno que se ubicaba por fuera de las murallas de la ciudad. El edificio, bastante antiguo, estaba pintado de un color rosa gastado y el diseño era curioso. Dos torres que se levantaban en una ciudad baja. Desde el balcón se podía ver gran parte de la recepción y la pequeña piscina que estaba adelante de la misma. También se alcanzaba a divisar la avenida que recorría la ciudad, su arroyo y los puentes que pasaban por entre la muralla.

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Nuestro Hotel en Chiang Mai

Era una ciudad bonita, bien arreglada y fresca. Ese día descansamos. Dormimos sin medir el tiempo. A la noche nos dio hambre y curiosidad, y salimos a caminar. Yo me sentía particularmente relajada. El aire fresco y seco del norte me había cambiado la energía y el agua caliente me había dejado la piel suave y nueva. Mientras nos perdíamos caminando aparecían los templos y entrábamos a recorrerlos. Uno de ellos nos llamó la atención. Las rejas de entrada estaban abiertas, pero no se veían personas. Una vez dentro pudimos observar, desde cerca, el edificio principal. Era un templo pequeño. Dentro, decenas de cabezas rapadas dispuestas en columnas le rezaban a un Dios. Detrás del mismo, como un enorme triangulo, se erigía una estructura que presumía un Buda delgado y condenado a mirar para toda la eternidad hacia abajo con ojos de resignación. Elefantes con trompas rotas lo protegían. La luz los volvía grotescos, amenazantes. En ese preciso momento, en el cielo negro se abrió una luz. Primero azul, después verde. De alguna forma nos encontró afuera. Un meteorito que se dignó a pasar por allí. Fue un breve momento, apenas duró unos segundos. Sentí cosquillas debajo de mi piel. Los poros abriéndose a la luz, al aire. Me sentí entre átomos que volaban y me dispersé. Creí en todo. En el universo, en los imposibles. Fui parte. Era parte de algo inmenso. Mucho más grande de lo que podía entender. Y de pronto, fui luz. Y nada más que eso. Comprendí que nada importaba. Y supe que podía morirme en ese momento. Porque era plena. Era clama.

Estaba en paz.

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El aire seguía eléctrico y la estática me erizaba todos los pelos del cuerpo. Fue el preludio interminable de una experiencia sobrenatural. Algo que tal vez nunca fuera a acabarse y que, tal vez, nunca vuelva a ocurrirme. Nos fuimos de allí en silencio, caminando hasta el hostal.

Al siguiente día, salimos a caminar por la ciudad y encontramos un patio de comida callejera con más de diez carros. Todos ofrecían un plato diferente. Estaba ubicado frente a una escuela y los chicos tailandeses que salían del colegio, cruzaban a comer y a beber. Los estudiantes tomaban gaseosas de cereza con bolitas de gelatina. Un señor se las servía en un vaso de plástico de un litro. Yo los miraba. Y cuando ya estaban todos atendidos, pedía un té verde frío  con limón. Comíamos allí, sentados en una de las mesas. Fideos con salsa de soja y algún que otro dulce. Antes de irme le pedía al señor de las bebidas que me preparara un Thai Tea (té tailandés). Lo hacía con un té de color óxido, bien puro. Desteñía las hebras con agua hirviendo y depositaba el líquido en un jarrito de metal. Después, llenaba con hielo un vaso de plástico, y dejaba caer el té, que derretía gran parte de los cubitos. Le ponía una lata entera de leche condensada y una pajita. El color era anaranjado y el sabor exquisito. Sin dudas esa esquina es mi lugar favorito en Chaing Mai. Un lugar en el que me sentía como en casa.

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Los días fueron pasando y los templos también. No hicimos más que caminar por la ciudad y dispersarnos entre la gente. No visitamos zoológicos, ni reservas. Después de cuatro días sentimos ganas de irnos Y partimos hacía Chiang Rai. Yo tenía muchas ganas de conocer El Templo Blanco Wat Rong khun. En menos de una hora un bus nos dejó en la estación de ómnibus de la ciudad. Nos hospedamos en un hostal con muchas habitaciones vacías y le preguntamos a la encargada si podíamos llegar en bicicleta. Ella nos dijo que sí y nos alquiló un par por unos pocos baths.

La ruta que nos llevaba hasta el templo no tenía curvas. La recepcionista nos dijo que no era difícil llegar en bicicleta, y que el camino era bueno para transitar. Entonces nos encaminamos para el lugar. Pero el trayecto era más largo de lo que parecía en el mapa. Y el camino, muy duro para dos personas que no estaban acostumbradas a andar en bicicleta. Así que paramos al costado de la ruta. Justo encontramos una estación de servicio que tenía una mesa con dos sillas. Nos sentamos y pedimos té helado con limón. Me costó volver a subirme a la bicicleta, el asiento se me clavaba en los huesos. Pero la vista ameritaba el sacrificio. El Templo Blanco Wat Rong khun ameritaba el sacrificio.

Mientras pedaleaba por la ruta, comenzó a encandilarme el brillo de miles de espejos. Desde cien metros podía ver la entrada al templo. El ingreso al mismo es libre y gratuito porque el artista creador de El Templo Blanco Wat Rong khun, Chalermchai Kositpipat así lo quiere. Aunque hay que cumplir con las exigencias de vestimenta que se piden en todo templo budista (piernas y hombros cubiertos), de lo contrario no te permiten la entrada al lugar.

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Lo cierto es que el Templo Blanco más que templo es una obra de arte hecha edificio. Se comenzó a construir en 1997 y no tiene fecha de finalización fija, aunque se estima que en el 2070 podría estar terminado. Las manos que te reciben en la entrada al puente sólo pueden significar una cosa, el infierno. Hay peces blancos, pegajosos y albinos que nadan debajo del puente principal. También los hay negros. Por fuera todo es blanco y brillante, como el sueño de un bebe en su primera noche en el mundo. La parte interna del templo es diminuta. Hay una caja transparente en el centro y dentro, la réplica de un monje famoso. Las paredes están ilustradas con imágenes de perdición y corrupción. El dibujo de Spiderman trepando unas torres gemelas en llamas dan una idea de lo bizarro de este templo. La parte interna se asemeja al útero en el que se está engendrando algo raro, extraño e incómodo. Por fuera todo es brillante. Brillante blanco, brillante dorado. El Templo Blanco, indudablemente, es de otro planeta.

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Chaing Rai fue uno de los lugares que más disfrute de Tailandia. Salíamos todas las noches a recorrer la feria nocturna y nos sentábamos en las mesas del food court que estaba a unos metros de allí. Las mesas verdes de metal estaban desparramadas de forma perfecta al aire libre. Rodeadas por decenas de mini restaurantes en donde podías comprar pescado asado, arroz con especias, hot pot, noodles, papas fritas y cualquier otra verdura rebosada y frita.

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Pero como todo lo bueno termina, volvimos a Bangkok. Un vuelo a Barcelona nos esperaba.

En este viaje me di cuenta que las ventanas, son sólo eso. Ventanas para observar desde lejos. Me quedo un sabor agridulce de un país al que, tal vez, no le di la oportunidad de acercarse. Porque nunca pude encontrar esa puerta. Algún día… algún nuevo viaje.


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Escritora | Viajera | Licenciada en Administración. Actualmente me encuentro viajando por el mundo y decidí co-crear este espacio virtual para unir dos pasiones: Escribir y Viajar. Laura en Google+

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