El último latido (Cuento)

El último latido


La algarabía reinaba en el recinto. Los comensales de la fiesta se dispersaban ordenadamente por el salón. La Muerte los miraba de reojo. Ninguno siquiera sospechaba de tal maligna presencia, o eso ella creía. No la podían ver y no la podían sentir, esto era seguro, pero ella se paseaba entre ellos. Sigilosa. Atenta. Expectante.

Uno a uno los bailarines fueron ganando la pista mientras la banda entonaba los primeros acordes alegres. El Agasajado miraba a todos desde su tarima dispuesta especialmente para la ocasión. La Muerte también observaba cada movimiento. Controlaba cada latido de los más de ciento veinte corazones que se esparcían por el salón. Sabía que uno estaba a punto de fallar. Su trabajo era encontrarlo antes de tiempo. Antes que le robaran otra muerte. Tenía instrucciones claras de que era su última oportunidad en esta eternidad. En el pasado reciente había perdido varias vidas y no podía volver a repetirse semejante fracaso. Sabía que otras fuerzas estaban en posición. También habían sido alertados. Por tradición legendaria ellos no se podían reconocer en el mundo de los mortales. Sólo se podían encontrar en las pesadillas y en las alucinaciones de los humanos.

El reloj marcó la medianoche con doce campanadas sonoras que hizo perder el ritmo a más de uno de los músicos. Al instante todos se dieron cuenta de lo que estaba por ocurrir e hicieron silencio.

—Ha llegado el momento mis queridos amigos —se escuchó la voz del Agasajado—. El momento que tanto tiempo hemos esperado.

La Muerte comprendió que también era su hora de actuar. Se acercó hasta el borde de la tarima y fue contemplando los ojos de todos los invitados que se habían amontonado para oír mejor a su interlocutor.

—Si hay alguien en este salón que esté arrepentido y quiera dar un paso al costado, este es el momento. Una vez que comencemos ya no habrá vuelta atrás.

Ciento veinte latidos respondieron extasiados, pero La Muerte no podía descubrir cuál era el que fallaba. Parecía que todos los corazones palpitaban al mismo ritmo. Ninguna imperfección. Decidió, entonces, introducirse en el tumulto de gente para apreciar mejor y estar, así, preparado para cuando llegara su hora. Esta vez ninguna otra fuerza le arrebataría su botín. Su joya más preciada de esa noche. Su muerte tan deseada.

—Sabemos que hay entre nosotros varias fuerzas que luchan entre sí —dijo el Agasajado con voz firme desde su tarima.

La Muerte volteó para enfrentarse al hombre que había pronunciado esas descaradas palabras. No podía estar hablando de ella. No la podían haber traicionado de esa manera. No sabían con quien se estaban metiendo.

Su furia fue en aumento a medida que percibía que todos los rostros la miraban. Los comensales de la fiesta hicieron un círculo en torno a ella. También rodearon a dos Espectros que se hallaban escondidos entre la gente. Los tres inmortales quedaron encerrados. Por primera vez en siglos se veían las caras en el mundo de los vivos.

—Sabemos quiénes son y sabemos porque están acá —dijo el Agasajado.

—Sabemos porque están acá —repitieron ciento veinte almas.

—Pero hoy concluye todo. No vamos a permitir que sigan jugando con el destino de todos nosotros.

La Muerte quiso dar un paso hacia adelante pero dos pares de brazos la sujetaron. Entonces comenzó a reír estrepitosamente.

—¡Ilusos! —dijo de pronto — ¡Ciento veinte veces, ilusos!

—¡Alto ahí espectro del mal! —le ordenó el Agasajado y sacó una piedra triangular plateada del bolsillo de su traje— Alto ahí engendro abominable. Tu hora ha llegado. ¡Atrás repugnancia!

La Muerte volvió a reír más fuerte y los vidrios del salón estallaron. Los Espectros cayeron de rodillas.

—¡Calla bestia! Ya no podrás llevarte más un alma de este mundo. Ya no seremos más mortales. Te hemos descubierto y acabaremos contigo, demonio.

—Siempre supe que los humanos eran soñadores, pero no pensé que llegarían a este punto  —dijo por fin La Muerte.

Dio un paso hacia adelante arrancándose de los brazos que la sostenían.

—¡Ilusos todos los mortales! —gritó—, e ilusos todos los inmortales que osan enfrentarme —dijo volviéndose hacia los Espectros que yacían en el piso sin vida—. Ustedes, simples humanos, no tienen el poder para decidir su destino. Son débiles. ¡Yo y sólo yo puedo elegir cuando les llega su momento de morir! Entiendan bien esto, simples mortales.

Todos los presentes en el salón cayeron de rodillas con el terror incrustado en sus rostros.

—Pero ahora ya es tarde para ustedes. Ya es tarde para mí. Sus minutos en este mundo se acaban. Tuvieron la oportunidad de darme sólo un alma y no la supieron aprovechar. Ahora me los voy a llevar a todos.

—¡No puedes hacer eso! Tenemos las piedras —dijo el Agasajado y extendió la piedra triangular en sus manos apuntando hacia La Muerte. Lo mismo hicieron los comensales.

—Los han engañado, simples mortales. Esos innobles los han engañado —dijo señalando hacia las cenizas que quedaban esparcidas por el suelo de lo que antes fueron los Espectros —. Y lo peor de todo es que también me han querido engañar a mí. Pobres infelices, serán testigos de mi ira. Esta noche verán con sus propios ojos de muertos de lo que soy capaz de hacer. No merecen vivir un segundo más, simples humanos.

Y así fue como todos se fueron convirtiendo en polvo. Pero no sólo las ciento veinte personas que estaban esa noche en el salón, sino las siete mil trecientos millones de almas esparcidas por el mundo.

La Muerte volvió a reír y la oscuridad eterna se apoderó de todo.


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Escritor | Viajero | Licenciado en Administración. Actualmente me encuentro viajando por el mundo y decidí crear este espacio virtual para unir dos pasiones: Escribir y Viajar. Pila en Google+

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