Instrucciones para enamorarse de Filipinas

Era mi primera vez en el Sudeste Asiático. Con Pila, mi compañero de viaje y de vida, habíamos pasado los últimos veintiún meses recorriendo Nueva Zelanda, Australia y Japón. Países civilizados de primer mundo, con calles limpias y policías que sólo se dedicaban a dirigir el tránsito. En Filipinas, los policías cargaban armas similares a las que los gendarmes usan cuando uno va a votar en Argentina. Carabinas, fusiles y revólveres cruzados sobre el pecho eran normales a la vista. Después de dos meses recorriendo sus calles, sus mares y sus ciudades, me atrevo a dejarles algunas instrucciones, si es que algún día visitan Filipinas:


Instrucciones para enamorarse de Filipinas


Primero bájense del avión. Métanse de lleno en la capital y llévense una desilusión tremenda. Mucho humo en Manila que no deja respirar. Tráfico interminable con reglas imposibles de descifrar y motocicletas que hacen tanto ruido que no le permiten a uno escuchar su propia consciencia. Váyanse del centro de la ciudad y entren en un barrio de las afueras. Casas hechas de chapa, personas bañándose en las veredas, hombres que los miran con desconfianza mientras beben cerveza San Miguel. Tómense un taxi para irse de ese lugar, luego de enterarse que la persona que se ofreció a hospedarlos se fue al hospital para nunca más volver. Súbanse a muchos barcos de madera, a muchos jeepneys, a muchas motorbikes. Lleguen a las islas perdidas, a las ciudades escondidas en donde vive la gente; los filipinos que sólo necesitan un mar y playas de arena suave para vivir. Quédense dos semanas en El Nido, viviendo en una aldea pegada al cementerio local y alejada de las luces de colores del turismo. Coman su comida, esa que preparan a la mañana y sirven a la noche. Tengan mucha diarrea y sigan comiendo porque no hay otra cosa. Prueben el mango, pero el que crece en Guimaras, que es el más dulce del mundo. Caminen, observen, saquen fotos. Bájense de la moto con la que están recorriendo Siquijor para probar un dulce que venden en la calle. Desháganse del miedo y de los prejuicios. Hablen con ese hombre que se acerca con un facón en el cinturón, mientras ustedes toman un postre de leche de coco con gelatina sabor lima. Vean reflejada en sus propios ojos, esa sonrisa limpia que le habla de Ginóbili y de su vida pasada navegando las aguas de los mares de Sudamérica. Noten que, a pesar de las faltas (de hospitales, de puentes, de heladeras), ellos tienen algo que ustedes andan buscando hace mucho tiempo. Algo con lo que ustedes no nacieron, ni sus hijos van a nacer, ni sus nietos.

Paz.

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Escritora | Viajera | Licenciada en Administración. Actualmente me encuentro viajando por el mundo y decidí co-crear este espacio virtual para unir dos pasiones: Escribir y Viajar. Laura en Google+

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