Lo que hay detrás de las fotos

Cosas que pasan cuando uno viaja de mochilero. El detrás de cámara de los viajes

Íbamos en nuestro tren desde Beijing a Datong, China sin saber qué esperar de éste nuevo destino. Nuestro Couchsurfer (si no sabes lo que es Couchsurfing  hace click aca) nos dijo que había perdido el tren de vuelta de sus vacaciones y que íbamos a tener que esperar hasta la tarde para poder ir a su casa. Nos comunicábamos con él por WeChat (el Whatsapp que usan en China todos los chinos). Comunicarnos es una forma de decirlo porque él tardaba mucho tiempo en respondernos y siempre que lo hacía no respondía directamente a ninguna pregunta, escribía cualquier cosa y “parecía” no entender bien el inglés. Le preguntamos por su dirección unas cuatro veces y finalmente nos dio las indicaciones a medias de cómo llegar. Pensábamos que con eso podíamos encontrar su casa preguntando. Fue imposible conseguir sacarle la hora aproximada a la que iba a regresar, lo único que sabíamos era que él iba a volver “a la tarde” a causa de haber perdido su tren desde Xi’an.

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Llegamos a la estación de tren de Datong a las 6:30 de la mañana, después de haber estado siete horas en un tren y habiendo dormido muy poco. Estaba lloviendo muy fuerte y nuestros planes se fueron al piso, al igual que nuestros ánimos. ¿Que hacemos ahora? dijimos, no teníamos a dónde ir, ni siquiera sabíamos a qué hora podíamos ir a la casa de nuestro anfitrión de Couchsurfing. No podíamos caminar por la ciudad, tirarnos en alguna plaza o hacer alguna excursión. Y nuestro estado físico, después de haber pasado una noche en el tren humeante de China, era deplorable. Lo único que quedaba era esperar “a la tarde”. Para colmo de males un chino nos abordó a la salida de la estación de tren. Su inglés era muy bueno y era una persona de mediana edad, así que inmediatamente desconfiamos, éste nos quiere vender algo o estafarnos, pensamos. Insistía en que fuéramos con él a su oficina, no le dijimos nada, yo lo miré con una cara de loca-asesina a punto de explotar y se fue. Sí, a veces me cansan y no quiero que se me acerquen a venderme cosas que no necesito. Me irrita sobremanera que te digan: Wallet, watch, clothes, something? What do you need? (Carteras, relojes, ropa, ¿algo? ¿Qué necesita?). NO NECESITO NADA, SOLO QUE SE VAYA.

Salimos de la estación porque los guardias nos echaron. No nos podíamos quedar allí. Caminamos bajo la lluvia y a lo lejos divisamos un KFC así que nos refugiamos en el famoso fast food de pollo. Pasaron unas cinco horas y fuimos a comer. Hacía mucho que no ingeríamos nada sólido. Por suerte el agua no faltaba. Nos habíamos compramos en Beijing un jarrito al mejor estilo chino para tomar té y el agua caliente en China no se le niega a nadie, menos en el KFC aunque no hayas consumido nada y te hayas armado un campamento en el segundo piso del local.

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Contentos salimos para un restaurante chino que quedaba cerca. Pedimos nuestra comida con mucho arroz y nos sentamos a comer, siempre con un Té en la mano. Estuvimos un rato largo, riéndonos del sueño que teníamos, esa risa loca que te agarra cuando tenés mucho cansancio y no sabes de que te estas riendo, pero a la vez es tan liberadora. La gente nos miraba cada vez más. Luego de almorzar, volvimos a nuestra casa, el KFC, para seguir esperando a que se haga “la tarde”.

Para ese entonces ya era la una de la tarde, yo me dormí sentada, la cabeza ya se había rendido y no podía estar despierta por mucho tiempo, mientras Pila jugaba en la computadora, haciendo un Excel con estadísticas de Messi.

Se hicieron las tres y el sol empezó a asomar dejando atrás a las nubes y la lluvia. Decidimos irnos y buscar la casa de nuestro anfitrión de Couchsurfing. Llegar hasta el barrio de nuestro anfitrión no fue difícil, el inconveniente se presentó al querer dar con el departamento ya que había muchos edificios, todos iguales y no teníamos idea de cuál pertenecía al de nuestro anfitrión. Esperamos unas dos horas. Nada, nadie llegaba, nadie conocía al chico que nos iba a hospedar. Enfrente nuestro había una chica joven, así que decidí pedirle ayuda. Lynda, su nombre inglés, nos ayudó muchísimo. Llamó a nuestro anfitrión por teléfono y habló con él. Lynda nos dijo que él estaba trabajando en ese momento y que iba a llegar a las 18:30 de la tarde. Pero esperen, ¿trabajando? ¿No era que había perdido el tren? Umm… creo que fuimos engañados. Empezamos con el pie izquierdo, después de descubrir que nuestro anfitrión nos había mentido.

Los ánimos no estaban muy buenos, y teníamos hambre. Además ya eran las cinco de la tarde y teníamos que esperar una hora y media más. Fuimos a dar unas vueltas por el barrio residencial en el que estábamos, decididos a encontrar algo que comer. Nos cruzamos con un restaurante pequeño y entramos porque era el único que había en el barrio. Nos atendió una chica joven de unos treinta años de edad que no sabía nada de inglés. Pedimos algo que había en el menú, no sabíamos qué era porque estaba todo escrito en caracteres chinos, pero era lo más barato. Nos sentamos en la mesa, imaginando lo que nos traerían, ¿una sopa de noodles o un plato de arroz? ¿tal vez tofu? La comida llegó rápido, nos las trajo el mismo cocinero y la sorpresa nuestra fue enorme. Esto fue lo que nos sirvieron, por 25 RMB, los dos platos.

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Algo que en Beigjing o Shanghai sale 50 RMB cada plato, allí sólo nos salió 25 RMB los dos platos, increíble y delicioso. Mientras comíamos se acercaban algunas personas sorprendidas de ver a dos occidentales por ese barrio. Una mujer nos dio girasoles dulces y una empanada, y el cocinero nos regaló una botella de agua. A medida que pasaba el tiempo eran menos tímidos y cada vez se acercaban más. Terminamos descubriendo, a pesar de las limitaciones del lenguaje (nosotros no hablamos mandarín y ellos no hablan inglés) que ese era un restaurante familiar. Eran dos hermanos los dueños, uno tenía una hija de 5 años y el otro, tres hijos de entre diez y quince años. La señora amable era la madre de los dos y la mujer que nos recibió era la esposa del cocinero. Charlamos mucho (con señas), nos sacamos fotos y la pasamos genial.

Quedamos en volver al otro día a comer de nuevo, el cocinero nos hizo el típico gesto de tomar y ya estábamos invitados a una noche de juerga china. Nos fuimos contentos y agradecidos, habíamos pasado un muy grato momento y teníamos la panza llena.

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Desde el restaurante nos fuimos otra vez en busca del departamento de nuestro anfitrión al que llamaré Pedrito. Por suerte, y gracias a las indicaciones que nos había dado Lynda, lo encontramos fácil. Cuando entramos, Pedrito estaba sentado en una silla en su departamento con los pies en remojo en una palangana. Nos sentamos en unas banquetas que había y Pedrito comenzó  a hablar de su viaje a Xi’an. Nos mostró fotos y nos enseñó los lugares en los que había estado. Hablaba bastante bien inglés, lo que fue una sorpresa para nosotros, ya que en los mensajes no parecía entender nada de lo que nosotros escribíamos. Estuvo media hora hablando de su viaje y de lo hermoso que había sido. Pedrito, a pesar de manejar bien el inglés, tenía un acento un tanto complicado para mí, yo preguntaba varias veces que había querido decir y él se ofuscaba. Bueno, pensaba, tendrá mal carácter. Todos tenemos esos días, yo había estado en una situación similar esa misma mañana con el vendedor chino. Es entendible. Seguimos así un rato más, escuchando sus aventuras en Xi’an. Yo, por mi parte, me abstuve a pedirle que me repita lo que no entendía y solo decía Ahh, como el que entiende, pero en realidad no tiene ni la más remota idea de lo que le están hablando. El final de la conversación es rematado por una pregunta que Pedrito me hace referente a cuál era mi secreto para que la ropa se seque en un clima húmedo. Algo que no tenía ni ton ni son, ya que estábamos hablando de su viaje a Xi’an o eso creía yo. Sin respuesta alguna de parte mía, Pedrito se enoja nuevamente. Pila corta el mal rato preguntando por la ducha. A lo que Pedrito responde un tanto enojado: “no hay ducha, no ves que esto es un flat”.

No sé qué habrá pasado por la cabeza de Pila en ese momento, pero yo si sé que pasó por la mía; de acá hay que salir volando. Yo seguía sentada junto a Pedrito, mientras Pila se había ido a la pieza donde estaban nuestras mochilas. En ese momento Pedrito me dice que a sus compañeros de departamento no les gustaba que él haga Couchsurfing, y yo dije bingo!! Esa era la frutilla que le faltaba al postre, la gota que rebalso el vaso. Habíamos esperado doce horas por Pedrito sentados en el segundo piso de un KFC, habíamos descubierto que nos había mentido acerca de perder el tren, el departamento no tenía ducha, no había colchón en dónde dormir, además de que la suciedad era de tal magnitud que te cebaba mates y tiraba las cartas del Tarot. El baño no tenía luz y había que hacer las necesidades con la puerta abierta, y encima sus compañeros nos iban a mirar con recelo cuando llegaran. Sonó su celular y atendió sin descuido. Agarramos nuestras mochilas y nos fuimos, saludándolo con la mano. Adiós y hasta nunca Pedrito.

Lo bueno de todo fue haber conocido a esa hermosa familia china que nos hizo sentir bienvenidos. Sino los hubiéramos conocidos a ellos, yo no estaría escribiendo esto ahora y estaría renegando de China y de sus chinos. Esto nos dio esperanzas, este tipo de gente es la que nos hace envalentonar para seguir con nuestro viaje. Gente llena de curiosidad, de vida, gente sin fronteras, sin resentimientos. Gente amable y de buen corazón que están dispuesto a ayudarte sin pedirte nada a cambio más que una sonrisa.

A veces no entiendo (y me da mucha bronca) por qué gente como Pedrito se dedica a hospedar personas en Couchsurfing. Su mal humor era inminente, haciendo muy difícil relacionarse o simplemente hablar con él. Además de las condiciones de la casa y de la falta de predisposición de Pedrito en solucionarlas (si no hay ducha, arreglatelas solo, no hay colchón, jodete).

Esto es el detrás de nuestras fotos sonrientes en la Gran Muralla China o en la Gran Barrera de Coral en Australia, y en otros tantos lugares en los que hemos estado. Este tipo de situaciones nos hacen replantear por qué seguimos viajando. Qué es lo que nos atrae tanto de vivir estas situaciones, de enfrentarnos a estos problemas. Y es que la recompensa es muy grande. Pero para que haya recompensa, tiene que haber sacrificio, valor, coraje.

Lo que hay detrás de las fotos

Entonces cuando me dicen que tengo suerte, que la vida me benefició dándome la oportunidad de viajar o que yo lo puedo hacer porque soy joven y demás, yo les digo que la vida me dio un par de ovarios enormes que me crecieron gracias a que tengo el valor y coraje suficiente para llevar adelante mis sueños y que si vos, que estás leyendo esto, crees que tengo suerte, estas equivocado.

Los ovarios no crecen solos. Crecer con compromiso, con coraje, con ganas. No existe un secreto de como viajar. No existe una receta mágica para el éxito. Todo radica en tener la valentía suficiente para superar los miedos, esos sentimientos que nos paralizan. Para superar situaciones de incertidumbre, de bronca, de falta de hospitalidad, de agresión. Situaciones como las de Pedrito y otras mucho peores te van a suceder, eso dalo por seguro. Radica en vos tener el coraje suficiente para que crezcan los ovarios, solo en vos.

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Escritora | Viajera | Licenciada en Administración. Actualmente me encuentro viajando por el mundo y decidí co-crear este espacio virtual para unir dos pasiones: Escribir y Viajar. Laura en Google+

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2 Comentarios

  1. Tal cual Lau! No es tener suerte, es tener valor!. Un abrazo grande a los dos!

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